
Polvo y más polvo. Masticas polvo, respiras polvo, oyes el polvo. El motor brama por decimocuarta vez en los últimos minutos. Estamos subiendo sin parar, de la llanura llena de polvo a una montaña con bosques… cubiertos de polvo. Entreabro los ojos y me esfuerzo por no ser deslumbrado por el sol ardiente. A mi lado Heidar dormita como puede sobre sus rodillas. Llevamos 10 horas metidos en este jodido autobús de los años sesenta. El espacio para las piernas es tan ridículo que vamos encajados como un muñeco de Lego en su coche de cuadrados de plástico. Bache, piedra, árbol, sol deslumbrante, mujeres cargadas con fardos, polvo…
El motor sigue aullando y rugiendo como nuestras tripas. Desde que salimos de Bagan a las cuatro de la mañana no hemos parado de cagar en cada rincón. Especialmente Heidar. El botiquín robado a la seguridad social por mi madre, despacio y a conciencia, nos ha provisto de tabletas de Fortasec y creado un tapón de seguridad en el ojete. Pero hay fugas y no es capaz de contener del todo la marea marrón, agitada en la coctelera que son “las autopistas” de Birmania. El bus aminora la marcha. Hacemos parada para comer. Gracias a Dios. Heidar despierta de su duermevela y me mira levemente. No me toca. Está enfermo, otra vez... y cuando se encuentra malo, no toca, no besa, no come. Casi ni existe.
Somos recibos por un sol abrasador y polvoriento y por un par de perros sarnosos que ni siquiera tienen ya pelo en su podrida piel, llena de heridas que lamen y rascan todo el día. Veo como una barba rubia, elevada un metro noventa y tres, pasa a mi lado renqueando hacia el servicio. Nos sentamos tres a la mesa. Servidor, Miriam, una americana majísima, pero un tanto malvada de dientes tan blancos que despiden fluorescencias quasi Marianas, y Kristian, un danés encantador que luce una tremenda cicatriz en la frente después de que un mochilero inglés borracho (¿existe otro estado para los mochileros ingleses?) le rajara con una botella rota en Laos. Son pareja desde que empezaron a viajar juntos hace 3 meses.
- Two Star Cola, please.
La camarera se extraña que solo bebamos la marca de cola local, 5 veces más barata que la autentica y refrescante chispa de la vida y que no pida nada de comer.
- Me sick and my friend too, no food. Thank you.
Se aleja rumiando algo en birmano después de apuntar el pedido de Kristian y Miriam. Heidar llega al rato y se sienta a mi lado. Le pregunto qué tal ha ido la deposición. Con la mano me dice que así, así… Es curioso lo que se habla de mierda cuando viajas de mochila y presupuesto ínfimo. A la mínima señal de ligereza y fluidez en los excrementos saltan las alarmas y revisas lo ingerido en las últimas horas buscando un culpable. Somos el vivo ejemplo de lo horrible que es viajar meando por el culo. Es una pesadilla soportable en una Europa llena de servicios que huelen a flores, pero inconcebible en países como este. Así que solemos comentar la textura, el olor, la cantidad, el color y sonido del mondongo. Y no solo eso. En este viaje de dos meses he roto mi miedo máximo en una relación: ver a tu pareja cagar y viceversa. Puedo hacer cosas vergonzosas en el sexo, emborracharme hasta perder toda dignidad, puedo mear enfrente de mi pareja. Pero vernos hacer popó??? Jamás… hasta ahora.
Llega la comida de nuestros compañeros de viaje. Curry de ternera y arroz. Exactamente lo mismo que comimos el día anterior en el mercado de Bagan. La mierda de comida local que nos ha dejado el cuerpo como una cañería de pvc: con lo ingerido pasando de un agujero a otro en menos de una hora. Y comienzan las arcadas. Solo oler el arroz hervido nos provoca unas nauseas indescriptibles. Nos levantamos y comenzamos a andar en círculo. Respiramos aire limpio de esa infecta comida. Uffff. Las Star cola en la mano y sorbemos. Mejor… un poco mejor. Pero no podemos volver a la mesa. Encuentro unos escalones a la sombra. Nos acurrucamos uno junto al otro. Pero sin apenas tocarnos. Sorbemos más cola.
Heidar levanta la cabeza. Su rostro está vacío, gris, sin expresión, pero no su mirada. Esos acojonantes ojos azul/gris/verdes que tiene, y que ahora aparecen hundidos por la deshidratación, se clavan en mi largo rato. Y quiere decir todo con esa mirada, de hecho, grita con esa mirada desesperada: que se caga, pero no solo físicamente, sino que se caga en todo, que no puede más, que le duelen las piernas y las rodillas, que no ha dormido apenas, que necesita una ducha y un pozal lleno de alcohol, que mejor no haber salido de la desarrollada Tailandia, que está hasta los huevos del viaje, que quiere que esto acabe antes de que el viaje acabe con él, con nosotros, con nuestra relación, que desde que estamos en Birmania ya no sabemos que decirnos, que ya no disfrutamos tanto juntos, que casi se nos ha olvidado como comunicarnos, acercarnos, querernos, que nunca había salido de Islandia en este plan de mochilero por el tercer mundo y que no lo quiere hacer más, y que necesita un puto SevenEleven tailandés donde hincharnos de Schewppess limón y bajar de los treinta y cinco grados del exterior, a los 17 de la tienda. Que ya no puede más, Y-A N-O P-U-E-D-E M-A-S…
Y lo entiendo. Porque yo me siento igual. Desanimado, triste, enfermo, lleno de polvo, con miedo a que este viaje destroce nuestra relación, decepcionado con los recuerdos en technicolor que siempre acudían a mi cabeza al hablarle de Asia. Porque aquí no hay technicolor, solo polvo.
El conductor hace sonar el claxon y todos los pasajeros comenzamos a mirarnos nerviosos. Llevamos 10 horas de tortura y la moral entre la parroquia mochilera está baja. Al subir le pregunto a un anciano local:
- How long to Inner Lake?
- Four hours
- Joder... thank you.
Se corre la voz. Cuatro horas. Todavía 4 horas… Nos volvemos a encajar en nuestro asiento. Las sillas de plástico con birmanos en el pasillo. Los fardos y bolsos con gallinas en los huecos de las puertas. El bus arranca, el interior está ardiendo por el sol.
Heidar conecta la PSP. Suena Everything But the Girl. La canción Temperamental en versión lenta. “I don´t want you to love me... I don´t want you to love me” repite una y otra vez Tracey Thorn... Cruzamos las miradas. Sonreímos nerviosos.
- Dicen que Inner Lake vale la pena, así como muy tranquilo y con el lago. Ya verás que bien.
- Si… seguro que está muy bien…
Me toma la mano. La aprieta con fuerza y deja reposar su cabeza sobre mi hombro. Contacto. El paisaje sigue siendo el mismo pero yo no. Con solo con sentir de nuevo a Heidar, su olor, su roce, me siento mejor. Y como Dorothy en El Mago de Oz, junto mis chapines y deseo con todas mis fuerzas que volvamos a Tailandia. Ya. No hay mejor sitio que Tailandia, Totó… O mejor, Islandia, en nuestra enorme cama con olor a limpio y el edredón nórdico cubriéndonos mientras fuera está nevando y nosotros nos abrazamos y besamos. No quiero sentirme atrapado en Birmania, donde la gente es encantadora, pero donde todo es jodidamente duro, la comida escasa y mala, el calor insoportable y donde nos cagamos cada cinco minutos, donde la felicidad de unas vacaciones planeadas con toda la ilusión del mundo es chupada a tragos por el polvo… Polvo y más polvo.
http://www.youtube.com/watch?v=-hrZPNwZWIo
http://www.youtube.com/watch?v=-hrZPNwZWIo
2 comments:
Me alegro MOnneypenny que nos ilustre como siempre con sus relatos. La pena es que no se prodigue más. Se le echa de menos en todos los aspectos. Sorprendanos con otro relato. Si nos cuenta algo de su tierra Valencia en estas fechas estoy seguro que será muy divertido. kss
Definitivamente, amigo, te estás haciendo mayor. Ya sabes, la próxima vez viaja en bus, en un viaje organizado. Seguro que todas las señoras tienen, además de laca para parar un barco, todas las medicinas que te hacen falta para detener la hemorragia fecal.
Espero que al recibo de la presente ya estéis los dos bien de lo vuestro, de lo del culo, digo, lo de la caca.
Yo por mi parte, fetén, cago como un bendito.
Un abrazote!
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